Apuntes sobre la religión del Antiguo Egipto a propósito del templo de Debod

Daniel Santis Perón

La idea que tenemos de la religión del antiguo Egipto queda limitada, en gran medida, al concepto de vida en el más allá que nos muestran las tumbas reales (las pirámides), y a un variopinto elenco de dioses con cabezas de animal. Sin embargo, poco se sabe de la teología menfita, de la idea unitaria del cosmos que desarrollaron las elites sacerdotales egipcias y que influyó mucho más de lo que podamos imaginarnos, tanto en otras religiones orientales como en los inicios de la filosofía.

Como en todos los paganismos cada deidad representaba en un principio a una comunidad territorial limitada, en el caso de Egipto a los nomos o provincias. Pero una vez que el país del Nilo se unificó, tan tempranamente como lo hizo además, el poder central fomentó una ideología unificada y unificadora.

Fue en Menfis, la primera capital, que en egipcio era Anj-Tauy, "balanza de las Dos Tierras" (el Alto y el Bajo Egipto), y también Men-Nefer, epíteto del que tomaron los griegos su nombre. Por cierto, también es griego el nombre de Egipto: tomaron por "Aegeon uptios" (más allá del Egeo) el nombre de Hut-ka-Ptah, "casa del espíritu de Ptah", otro de los nombres de Menfis. Los egipcios llamaron a su mundo Km-t (Kemet o Kamit, de ahí los camitas), la tierra negra, en referencia a los limos negros del Nilo que dan la vida (es la regeneración verde y negra del dios Osiris), en oposición al desierto, la tierra roja (el territorio del dios destructor Seth).

Menfis representa la unión, ya que se haya cerca del punto en el que el Nilo va a abrirse en el Delta, la frontera entre los Dos Países. Cerca de este punto también se haya Giza, la explanada de las grandes pirámides donde se enterraron los primeros faraones.

Según la teología menfita en un principio solo existía Nun, el caos indiferenciado del océano primordial. En este punto aparece la chispa de la autoconciencia de Atum, el sol naciente, la luz creadora, el demiurgo (paralelismo con el Dios monoteísta creador). Atum se transubstancia en una divinidad con corazón (capacidad de pensar) y boca (capacidad de hacer: la palabra creadora), que es Ptah, el dios artesano de Menfis. A la vez Ra, el sol en su cenit, dios de la cercana Heliópolis (Iunu en egipcio), se convirtió en el dios padre encarnado en el rey, el faraón, dador de bienes.

Toda la civilización egipcia, dioses, reyes y hombres, estaba decidida en el mantenimiento del equilibrio de la creación. Las fuerzas del caos, representadas por la serpiente Apofis (Apep en egipcio), porfían eternamente por sacar de su camino a la barca solar de Ra y así volver al caos original. Seth, el dios del desierto y la muerte, asesina a su hermano Osiris, que representa al país, a lo fértil y a la vida, pero éste vuelve después de muerto a la vida, al igual que se suceden las estaciones, que el día sigue a la noche y que cada año se produce la crecida vivificadora del Nilo.

Isis, la diosa esposa consorte de Osiris, recoge el cuerpo desmembrado del dios, repartido por todo Egipto, representando a todos los rincones del país, y lo recompone y momifica para asegurar su resurrección. Además, Isis cuida de su hijo Horus, el dios halcón, el sucesor y garante de la continuidad de la realeza. Todo príncipe sucesor tiene un "nombre de Horus", que cambia cuando pasa a ser rey. En egipcio "rey" es nesu o neb (señor), pero entre el pueblo, para designar a la casa real y toda su burocracia y poder, se extendió el término de Per-aa (casa grande), que tras pasar por el hebreo bíblico acabó dando en griego el término de "faraón". El Rey es la encarnación del sol, es Ra, y luego en el Reino Medio y en el Imperio Nuevo es también Amón, el ubicuo y todopoderoso dios de Tebas (Uaset), pero también es Osiris, es el país, y su príncipe heredero es Horus, hijo de Osiris e Isis.

Las festividades y los ritos formaban parte de la estructura para mantener lo creado, del que formaba parte también el mundo de los muertos, el submundo, gobernado asimismo por Osiris, por el que transita la barca de Ra durante la noche. Las acciones de los hombres ayudaban al equilibrio al igual que la existencia de los dioses, por lo que una recta existencia en el mundo de los vivos era recompensada, después de pesada el alma (ka), en el de los muertos. Lugares, árboles y animales tenían su fuerza (ba), nada desdeñable en el esfuerzo titánico común. De ahí también la importancia de los templos, centros de poder mágico, que se mantenían con rentas y eran en buena medida autosuficientes, como los monasterios del cristianismo.

Esto último enlaza con el inicio para acabar la digresión: la infinidad de elementos ideológico-mítico-religiosos egipcios que hemos incorporado a nuestro imaginario sin saberlo. Por ejemplo, Amón era en principio un dios sin imagen, como el Yahveh bíblico; Osiris es un dios que muere y resucita dando la vida eterna; Isis dando de mamar al Niño-Dios Horus no es sólo la Diosa-Madre, sino también el origen icónico de la Virgen y el Niño; el juicio a las almas ante Anubis antecede al Juicio Final; y por fin llegamos a los inicios del monoteísmo.

A fines del Imperio Nuevo hubo un faraón reformador, Amenhotep o Amenofis IV, que cambió su nombre por el de Ajenatón (amado de Atón), un dios solar vivificador salido de la teología de la casa real y cuyo fin era acabar con el poder y la independencia de los sacerdotes, especialmente de Amón, y unificar más el país en torno al rey. Todos los dioses eran manifestaciones del Único, el creador y dador de vida. La revolución de El-Amarna, como se ha llamado por las construcciones que Ajenatón llevó a cabo en este lugar, acabó con la muerte del faraón el 1358 a.C. Le sucedió Tut-anj-Amón, el famoso Tutankamón, que devolvió las cosas a su sitio en el poco tiempo de reinado del que dispuso. El caso es que las investigaciones bíblicas disponen que el Éxodo de los judíos hacia Canaán debió de producirse poco después de esta fecha, coincidiendo con los datos de los historiadores del Próximo Oriente Antiguo, que hablan de convulsiones e invasiones varias de nómadas del desierto sobre el creciente Fértil que empiezan hacia el 1200 a.C. ¿Y quién encabezó ese éxodo? Un líder hebreo (los habiru en los textos egipcios) llamado Moisés. Moshé en hebreo es "salvado por las aguas", y en egipcio Mse es "hijo", de ahí Ramsés (R-Mse: "hijo de Ra"), dos datos que concuerdan con el mito bíblico del origen regio de Moisés, perteneciente a la casa real y abandonado recién nacido en el Nilo en una cesta y recogido por los hebreos, un pueblo nómada del desierto semi-esclavizado por los egipcios, como los libios y los nubios. Se ha especulado entonces con que Moisés pudiera ser un seguidor de Atón, el Dios Único repudiado tras la muerte de su faraón valedor Ajenatón, o incluso uno de los innumerables descendientes que tuvo éste con su reina Nefertiti. Moisés reunió a caballo entre los siglos XIV y XIII a.C. a todo el que le quiso escuchar y estuviera oprimido en el Egipto de los Ramsés, y emprendió con ellos un viaje al desierto, a la muerte, para renacer como pueblo elegido en una tierra nueva, prometida por el Dios único, por Atón, por Yahveh.